Dos
meses y veintiocho días. Ese es tiempo que he tenido que esperar para poder
escribir esta entrada, la que más ganas tenía de escribir desde que aquella
primera quincena de Julio fui a Zekreet a escalar por primera vez (aquí os dejo
el enlace para los vagos que no quieran buscar: Escalando en Doha)
Ayer a
las 16h aproximadamente sucedió el milagro. Por primera vez conseguí llegar
hasta el final de la ruta que me llevaba torturando 3 meses, cuya imagen me
perseguía en mis sueños. ¿Qué, que marcó la diferencia? Es ese “click”, ese pequeño
cambio un poco inconsciente en el que todas las piezas se juntan de repente y
todo empieza a funcionar. Seamos honestos, esta pobre descripción no le hace
justicia, pero cualquiera que haya experimentado este “click” sabe de lo que
hablo. En mi caso, tengo la fortuna de ser la segunda vez que vivo este
momento. La primera fue hace unos 13 años aproximadamente. En aquellos días mi
profesor de esquí intentaba enseñarme la técnica correcta para conducir los esquís y dejar de derrapar.
Probablemente mi impaciencia adolescente era lo que me impedía seguir las instrucciones correctamente hasta
que un día, así sin más, lo conseguí. Una ligera presión aquí, un cambio del
peso y “¡voila!” deje de luchar contra las montañas para deslizarme y bailar con
ellas. Ese día esquié por primera vez. Ayer escalé por primera vez.
Ayer disfruté cada presa, cada paso que me
llevaba un poco más lejos, cada pérdida de equilibrio de la que me recuperé
para continuar avanzando, cada grito de aliento que recibía de mis compañeros,
cada pulgada que diría Al Pacino.
No
sería técnico, no sería bonito de ver, pero fue un triunfo y una superación
personal. Anoche me dormí sonriendo, me dormí feliz.
P.S. Aprovecho para agradecer a esas tres voces,
con acento charro, guatemalteco y argentino, cuyos ecos y cuya paciencia siempre
acompañaran estos recuerdos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario