Shock.
En ese estado me quedé ayer cuando leí lo ocurrido en París. Me veo obligado a cambiar el tono alegre que suele imperar en este blog por uno mas serio. Solo en los días oscuros que siguieron a los atentados de los trenes de Madrid me he sentido igual. Ni el 11-S me hizo sentir así, quizás porqué a mis 16 años me encontraba más aislado del mundo que me rodeaba.
Hoy, con amigos franceses y musulmanes, esta noticia no me puede dejar indiferente, por lo que significa para unos y para otros. Para los franceses (y todos los paises del mundo, no os dejéis engañar) es un ataque a su corazón. El primer pueblo que se levantó contra el absolutismo, líderes del periodo de la Ilustración, recibió ayer un ataque a uno de los pilares sobre los que se sustenta. Al primero de ellos. Liberté. Libertad. Libertad para pensar, libertad para hablar, libertad para escribir. Como ya expresé ayer, no comparto las ideas de su publicación, pero siempre me guiaré por la cita apócrifa de Voltaire:
No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.
Y es que si no podemos expresar nuestras ideas, no somos nada.
Para mis amigos musulmanes, lo ocurrido ayer, es un ataque a todo lo que defiende el Islam. Pero el Islam de verdad. No ese que nos venden en las noticias lleno de burkas y de desequilibrados que se inmolan en nombre de algo que no existe. Sin embargo, mal actuaríamos los que nos horrorizamos por el salvaje ataque de ayer, si volcáramos un mínimo de nuestra ira contra los musulmanes que nos rodean en vez de contra los verdaderos culpables. Monstruos, que utilizan el nombre de la religión para justificar la barbarie de la que se autoproclaman líderes para conseguir sus intereses personales.
A todas las víctimas, directas e indirectas. DEP.
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